El pacto de Amor entre vidas es el momento en que se distribuyen los roles y las lecciones a aprender: se marcan las directrices de vida de cada alma que será enviada a la tierra por su Ser de luz.

Las experiencias en la tierra son de las más variadas, ciclos de vida de cualquier tipo.

Para que el alma se enriquezca, se desarrolle, y avance en su camino evolutivo, necesita experimentar en sus relaciones en alguna vida el papel de victima, en otras el de verdugo, para que haya equilibrio entre las dos polaridades.

Desde la visión de nuestro Ser de luz, bien y mal son dos caminos ambos válidos, dos polaridades del mismo concepto, que en el fondo tienen la misma esencia, la misma finalidad: aprender a vivir y manejar nuestras emociones nos hace crecer.

Por ejemplo si no hubiera nadie actuando como verdugo, el rol de victima no tendría sentido: sin polaridades no habría variedad de experiencias y por lo tanto no podría haber evolución.
El pacto de Amor entre vidas es el momento en que se distribuyen los roles y las lecciones a aprender: se marcan las directrices de vida de cada alma que será enviada a la tierra por su Ser de luz.

De los pactos de Amor que las almas hacen, uno de los más dificiles de aceptar, agradecer y transmutar, es el la interrupción de embarazo.

Desde nuestra perspectiva representa la pérdida de una vida, una vida totalmente interconectada con la pareja que la generó.

Desencadena en la madre sentimientos de culpa, y la sensación de no valer como madre, como mujer, y por ende como ser humano.

Eso se refleja en la relación con la pareja que además de su propia aflicción por lo sucedido va a cargar con los sentimientos de culpa de la mujer culpándose a su vez por la tragedia que ella está viviendo y por no poder ayudarla a superar el mal momento.

Es una de las reacciones más comunes dentro de una pareja, uno de los casos más “sencillos” y frecuentes: existe una pareja que de común acuerdo decide tener una relación sexual; por alguna razón la pareja decide interrumpir el embarazo, o se genera una pérdida espontánea.

Estas ya de por si son condiciones suficientes para que se cree un vórtice de culpa, un estancamiento energético en la vida de la pareja.

Si la interrupción de embarazo además está relacionada con episodios de rabia, miedo, abusos, el peso emocional que arrastramos aumenta.

En la mayoría de los casos reaccionamos a esos torbellinos “tapando” el asunto, alejándolo de nuestra vista para evitar recaer en estados de animo incómodos; pero el asunto allí está y de alguna forma va a reclamar salir a la luz.

Si analizamos la interrupción de embarazo desde la perspectiva del pacto de Amor observamos que no hay diferencia entre voluntaria y espontánea: de hecho el alma del hijo pacta con las de los padres “no nacer”.

El alma de la madre decide prestarle su propio cuerpo físico para que se anide y se desarrolle por un tiempo limitado.

En efecto el hijo “nace”: el óvulo se fecunda y se crece hasta cierto momento, conectado al cuerpo de la madre, luego “muere” y las dos almas (en teoría) siguen con su camino evolutivo, con más experiencia.

Si al contrario guardamos las emociones que el tema de la pérdida nos remueve, nos estancamos como padres y a la vez detenemos el avance de esa alma. Además en muchos casos hasta le negamos inconscientemente la pertenencia a la familia, la excluimos, no nos damos cuenta de que está allí.

Tratamos un momento de imaginar que emociones se generarían si nuestros padres nos trataran como si no existiéramos.

Y que pasaría si intentáramos llamar su atención a través de emociones y en lugar de hacernos caso los viéramos tapar las evidencias de nuestra “vida” como si nada hubiese pasado?

Todas esas emociones son las que el núcleo familiar carga cuando hay abortos por integrar.

Normalmente el alma atrapada del hijo no nacido se queda con el padre que más empatiza con sus emociones, en general, con la madre y normalmente se localiza como bulto energético a la altura de los pies.

Los pies simbolizan el avanzar en la vida, y las emociones del aborto que no pudimos integrar se quedan como energía que arrastramos, y que entorpecen nuestro andar.

A veces la necesidad de esa alma de ser reconocida es tan fuerte que su energía llega a manifestarse en el plano físico: el padre más empático puede experimentar hormigueo, entumecimiento o enfriamiento de un solo pie.

Si los padres tienen otro hijo y el embarazo llega a buen fin, es muy probable que el no nacido se vaya con el hermano menor, porque es el que ahora recibe las atenciones de los padres que el otro va “silenciosamente” reclamando.

Esta convivencia implica que el segundo hijo cargue con la energía de los padres, que en la mayoría de los casos no informan a los hijos por miedo a destapar sus propias emociones incomodas.

A nivel vibratorio una emoción estancada es mucho más fuerte porque tiende a salir para poder iluminarse, exactamente como la energía del hijo no nacido.

Y el hijo menor cargará con el peso de los tres, porqué inconscientemente reconoce como familiar ese patrón de sufrimiento.

En general los abortos son una carga que se va pasando en la familia de generación en generación, a veces con sorprendentes esquemas repetitivos.

La manifestación de estas pérdidas muy a menudo trae consigo programas inconscientes de la familia de no poder o no querer tener hijos.

Lo único que los niños no nacidos buscan es ser vistos, que les reconozcamos su lugar especifico en la familia.

La energía de un hijo cambia mucho según el orden de concepción; cuando no sabe que tiene hermanos no nacidos se mezclan los roles.

Por ejemplo un hijo que nace después de una interrupción de embarazo no es el primero; pero si en su familia nunca se nombró el hermano no nacido, los padres lo tratarán como primer hijo. Así en realidad el pequeño está obligado inconscientemente a asumir el papel de primer hijo, el que busca la excelencia el conservador, llevando también, por jerarquía familiar “inconsciente”, el rol de segundo hijo, el conciliador, el liberal. Eso crea muchos conflictos en la personalidad del niño que vive bajo el doble de presión que en realidad le corresponde.

Por eso es fundamental devolver el orden genealógico en la familia, y eso les restituye equilibrio energético y paz a todos los miembros.

Estos casos “sencillos” que se dan en familias estructuradas, son mucho más frecuentes de lo que pensamos.

Para integrar la energía relativa a estas experiencias, nos enfocamos en esa alma atrapada, la reconocemos como hijo, y le damos su propio lugar en la familia. Sirve mucho el decreto “te veo, te reconozco, eres mi (por ejemplo) primer hijo”: ya se notará mucho alivio.

Es muy importante además romper la cadena transgeneracional de los hijos no nacidos: analizamos nuestro árbol genealógico y buscamos en que generación se generó el bloqueo, y la razón por la que se produjo esa cadena.

Sanamos programas inconscientes y creencias que se generaron a partir de esos impactantes acontecimientos y una vez que la cadena se rompa, ya no hay necesidad que vuelva a manifestarse en generaciones sucesivas.

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