Nuestros genitales son puertas sagradas que abren paso hasta nuestro espacio divino, por eso tenemos que aprender a gestionar la energía sexual, que es una de las más fuertes, rudas y primordiales que podemos sentir aquí en la tierra.

Para permitirnos experimentar el real éxtasis en una relación sexual, lo primero es tenerse mucho respecto a uno mismo, tomar consciencia y aceptar la totalidad de lo que somos, sin juzgarnos; en segundo lugar es necesario que haya una bonita conexión con el otro, para que nos podamos expresar con libertad.
Es necesario soltarse totalmente en los brazos de nuestra pareja, aunque sea por unas horas, para sentir el contacto con la divina presencia: el sexo no puede desvincularse del amor y de la entrega total, para que nos otorgue sus beneficios físicos y espirituales.

Así convertimos uniones de parejas estables o encuentros más efímeros, en ocasiones para vernos en profundidad, y abrir la puerta para reconocer también al otro como parte del todo, y también como parte de nosotros mismos ver hasta su esencia, de la misma forma en la que podemos llegar a percibir la nuestra.

Al final de esta comunión con lo trascendente, como después de cada ritual, cortamos lazos energéticos y cada uno recoge su energía.
Cualquier resistencia a soltar el otro es cuestión personal de trabajar el desapego emocional, y los puntos energéticos que sentimos que eso nos mueve, dejándonos una sensación de “incomodidad”.
Además hay veces que llegamos a compromisos con nosotros mismos, con tanto de encajar con el otro, por miedo a hacer daño o a no estar a la altura: sacrificamos lo sagrado del acto en si, llegando a veces a aburrimiento o “perversiones” que llenan esos huecos que nos auto imponemos cuando no nos dejamos fluir.

Por eso es útil analizar muy bien nuestras propias respuestas químicas y emocionales en los momentos de intimidad, aprender a conocernos: “ En que pensamos durante el acto sexual? Que sentimos a nivel celular y a un nivel más profundo? Cuales emociones nos invaden al terminar la actividad sexual? Como nos sentimos los días siguientes? Etc…”

Cuando decidimos enfocarnos en el intercambio sexual como una practica sagrada (leer “LA ALQUIMIA DE LA UNION”) nos acercamos energéticamente al concepto de fusión complementaria, unión divina.
Y llega un momento en que soltamos patrones y bloqueos aceptándolos y permitiéndoles marcharse, y nos fundimos: no hay hombre, no hay mujer y al mismo tiempo cada uno es a la vez mujer y hombre.
Esta fusión genera una energía muy intensa que dejaremos circular por nuestros cuerpos, dejándonos llevar por su fuerza acogedora.

La mujer es la que guía desde su plena receptividad, la estática danza del coito, es la que abre caminos, la que aprende a manejar esta energía completa con su gran sensibilidad, ella es la artista del amor, y conduce el hombre a paradisíacos parajes si él se deja llevar energéticamente. El guia la experiencia fisicamente, desde la acción propia de lo masculino.
La mujer en armonía con su femenino es capaz de infundir paz en el hombre y hace que este entre en contacto con sus más íntimos deseos.
El hombre cuya masculinidad esté en equilibrio se sienta frente a la mujer, observa la esencia Divina que reside en ella y con la paciencia y el tiempo necesarios se acerca a ese portal cósmico del que él mismo viene.
Ella en ese momento representa la Madre Divina, la esencia femenina de la Tierra, y se funde con la masculina del cielo.

Los dos se miran mutuamente a los ojos, y olvidándose de las efímeras apariencias humanas se conectan con la energía del dios que está en el otro.
Y así empieza el juego, el baile sagrado: con liviandad, ternura y alegría, los amantes se guían mutuamente a descubrir sus templos sagrados, permaneciendo cuanto más puedan en el aquí y ahora.
La energía que se libera durante esa unión fluye danzando de un cuerpo a otro, a través de un circuito energético que se crea entre ellos: en ese momento somos uno, Dios y Diosa, el patrón y la manifestación de la Vida misma.

Esa vibración bruta se dirige espontáneamente hacía los chakras superiores donde se refina y se distribuye reconectando, alimentando y renovando cada cuerpo sutil.
Eso lleva la pareja a la comunión espiritual, a una gran apertura de consciencia, a ir más allá de lo que es el sexo como lo abordamos hoy en día.

En lugar de proyectarnos hacia el momento del orgasmo desde el principio, con afán de mantener el control sobre nuestras emociones, nos soltamos.
El placer no dura ese breve instante, sino que al estar aquí y ahora, disfrutamos de cada oleada de placer que este maravilloso cuerpo físico nos hace sentir.
Llegamos más allá, hacia un éxtasis trascendente que nos acerca a todas las experiencias que tuvimos desde el principios de los tiempos, una forma de ver lo divino dentro y fuera de nosotros.
Desaparecemos físicamente, saliendo de las estructuras terrícolas de tiempo, espacio y pensamiento, como si fuera una meditación profunda potenciada por la unión de los opuestos complementarios.
De esta manera vivimos el orgasmo que llegará sin prisas, y con la misma intensidad de la muerte nos pide soltarnos a la explosión de cósmica energía vital: somos plenitud y vacío al mismo tiempo.

Cada uno de nosotros está llamado a invertir constructivamente sus energías sexuales, pues a reinventar su manera de compartir su cuerpo sagrado para su propio progreso espiritual: encontramos en nosotros una chispa de Luz que una sana sexualidad puede despertar y mantener viva.
Armonizando nuestra forma de expresión sexual, aceptando y sublimando bloqueos energéticos personales, podemos equilibrar al mismo tiempo bienestar y abundancia en nuestras vidas y contribuir a que esas mismas energías circulen más libres por los cuerpos de nuestra amada Gaia.

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