Nuestros cuerpos físicos son portales a la iluminación, crisoles alquímicos y nuestra expresión sexual , si nos sintonizamos con frecuencias elevadas, puede servirnos de herramientas de evolución espiritual.

Amor es La energía creativa, sin la cual nada existiría. Se manifiesta físicamente como creación: todo lo que vemos a nuestro alrededor es Amor hecho materia.
Amor es, por consiguiente, alineación con el propósito divino: si bien es fácil para una piedra, una planta o un animal ser permeable a ese amor, más difícil es para un ser humano quedarse constantemente en esa frecuencia.

La energía del Amor usa el instinto de la sexualidad para garantizarse la auto existencia en la tierra: eso es un instrumento sagrado para el autoconocimiento profundo y la conexión con nuestra esencia.

El sexo es un intercambio energético conectado con la creatividad divina en el hombre, y por lo tanto es potencialmente capaz de generar, vida o consciencia.
Nunca conocemos personas al azar: los encuentros siempre tienen su lógica y nos remueven algo de lo que nos toca trabajar energéticamente en ese momento.
Lo mismo se puede aplicar para las relaciones sexuales: atraemos personas y situaciones que nos hacen poner en discusión nuestra forma de ver la vida, que tiene mucho que ver con la relación con el padre del sexo opuesto.

A menudo nos volvemos a encontrar con personas con las que percibimos conexión karmica de otras vidas, de otros mundos: aquí y ahora y nos mueven atracción física y psíquica a la que es muy difícil resistirse.
Entendemos sus mecanismos intrínsecos, como si lleváramos toda una vida  conociéndolos, y si ellos saben leerse dentro, probablemente notarán la misma sensación.

Con estas personas podemos llegar a tener experiencias sexuales reveladoras si nos soltamos a la magia, y activamos la alquimia que nuestros genes llevan innata.
Soltarse, sexualmente hablando, es dejar el control a las altas esferas de Luz, a nuestro Ser multidimensional, es olvidar lo que estamos haciendo, poner atención en las sensaciones e imágenes que pueden surgir y dejarnos guiar.

Estas experiencias toman forma de encuentros profundos, para interiorizar en zonas desconocidas de uno mismo, muy lejos de encuentros de sexo “ligero” donde lo que rige la experiencia es la necesidad de mantener el control para no soltarse y la rápida satisfacción de los sentidos.

Estamos acostumbrados en estos tiempos a tener mucha elección, en todos ámbitos, tanta que hemos perdido el placer de gustar a fondo lo que se nos pone delante por miedo a perdernos la encantadora variedad que se nos ofrece.
La saciedad, física y emocional no tiene que ver con algo externo a nosotros, mas está en saber gozar y estar agradecidos por cada partícula de lo que elegimos.

Cuando aprendemos a acompañar con nuestros cinco sentidos acciones tan basilares para la supervivencia, empezamos a sintonizarnos con frecuencias más sutiles e informaciones divinas que acompañan esos gestos cotidianos.

Hay que aprender nuevamente a diferenciar la textura del agua entre la de manantial, y la embotellada, hay que brindar a la comida que ingerimos la misma atención, el mismo amor; con igual pasión nos enfocamos en las relaciones sexuales que decidimos conscientemente tener.

Tomando agua de manantial nos pueden llegar mensajes de la misma agua por ejemplo detalles sobre las tierras de donde surgió, lo mismo pasa con los alimentos, capaces de compartir mucha más información si sólo estamos amorosamente abiertos a recibirla.
El acto sexual, tiene el potencial para abrir fuertes conexiones entre nuestra faceta terrícola y nuestro lado esencial. La otra persona nos hace de espejo y se nos permite ver realidades no físicas, esencias, detalles sobre la otra persona o sobre los antiguos enlaces de otras vidas.

Analizando objetivamente las persona que llega y el tipo de relaciones sexuales que tenemos con ella, podemos ver como nos tratamos a nosotros mismos; una actitud despreocupada, juguetona, amorosa como cuando éramos niños es la actitud más saludable para estimular una interacción con nuestra parte divina.

Conductas relacionadas con dolor o humillación, por ejemplo, delatan mecánicas masoquistas que vienen posiblemente de rabia heredada de nuestros antepasados y queda latente en el día a día.
En general, la compulsividad en las costumbres sexuales, nos llama a un replanteamiento de ciertas dinámicas energéticas en nosotros; estas actitudes generan un campo vibracional bajo, y pueden llamar la atención de entidades muy densas.

El juego alquímico de la unión entre dos personas sirve para que entremos en contacto con capas muy profundas de nosotros mismos. El problema es cuando nos cerramos, por miedo a la vulnerabilidad, a todo lo que puede aportarnos una experiencia vivida hasta el núcleo.
Cuando nos soltamos no nos hacemos vulnerables, sino al revés, ya no tenemos lados ocultos, y abriéndonos al máximo no dejamos espacio al otro para herirnos, más bien tomamos conciencia y podemos soltar.
Si al contrario, por temor a la invasión por parte del otro, dejamos parte de nuestras sombras encerradas en una esquina del alma, creamos puntos de vulnerabilidad muy fuertes, y nuestra vibración baja: nos volvemos victimas de nuestras oscuridades y las veremos como si fueran ajenas.
A raíz del miedo a abrirse al amor incondicional, o amor per se, a veces nos quedamos entrelazados con nuestras parejas y sus puntos débiles: si nos abrimos, entendemos que son los mismos agujeros negros que tenemos nosotros.

Es absolutamente normal que alguien que escogemos no tenga aún sus traumas superados, exactamente como todos los terrícolas (seguimos aquí en la tierra para evolucionar); es fisiológico además que las personas que atraemos resuenan con nuestros mismos bloqueos, para que nos hagan eficazmente de espejo. El encuentro sexual es algo que nos puede hacer divinos a los dos, un momento en el que si dejamos caer todas nuestras armas y barreras, llegamos a una conexión  pura entre las almas.

Descubrimos que no somos esos cuerpos que necesitan una rápida satisfacción de los sentidos humanos, sino que con total Presencia y sin la obsesión por el control, podemos hacer que nuestra energía sexual refresque cada chakra, que la energía creadora de la Madre tierra armonice nuestro cuerpo, desde la base de la columna hasta el chakra coronilla; se refuerza nuestra conexión con el cielo y la tierra, nos equilibramos y trasmitimos ese equilibrio en vibración de amor durante la unión alquímica de cuerpo y alma.